| La ruta del híkuri en el desierto |
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El relato que sigue fue escrito por la viajera y amiga de la casa, Pritama Molinari, en base a su experiencia de iniciación al híkuri en el desierto mexicano.
Cuando llegué a Estación Catorce sabía lo que buscaba. Viajaba sola, siguiendo las huellas de los libros de Carlos Castaneda y los consejos de otros viajeros. Me habían dicho que tendría que saltar de un tren en movimiento
a medianoche, que debería dar con Doña Margarita, la última jefa
huichol y que con suerte podría dormir en su caserón en ruinas. No me dejó terminar la frase y arremetió con un largo “shhhhhhh”, abriendo sus blancos ojos al cielo. -No le digas así, su verdadero nombre es híkuri, y es un espíritu muy poderoso. Mis pájaros me dicen que eres buena, güerita, así que puedes quedarte y yo te ayudaré a encontrarlo.
- Estamos de suerte, miren, ¡hay una familia completa! En el suelo, los sagrados botones verdes sobresalían de la tierra. Nuetro padrino nos indicó cómo recolectar y limpiar los frutos con cuidado y respeto. Cuando todo estuvo listo, nos sentamos a la sombra de un cactus. - Antes de comerlo, deben pedirle permiso a los cuatro puntos cardinales y a todo lo que en ellos vean. Nunca nada volverá a ser como antes después de hoy, dijo Mempo con solemnidad. Cuando le di el primer mordisco, una explosión de saliva inundó
mi boca. Fue un amargo jamás experimentado. Tuve que respirar profundo
para aguantar las naúseas. Entonces sentí que la tierra vibraba, que respiraba, ¡que tenía
vida! Lloré con emoción, amando cada partícula de polvo que acariciaba
mi piel… Girando sobre mí misma, me fundí en un abrazo con la
Pachamama, y sentí que estaba envuelta por su dulce calidez. Cada cosa
que veía contenía un espíritu particular, un lugar irreemplazable en el
universo. “Todos somos uno”, se me reveló con claridad. Mempo anunció que deberíamos ponernos en marcha, la noche estaba
cayendo y teníamos por delante más de doce horas de caminata. También
me dijo que yo tenía que guíar la vuelta. Protesté, pero él me dijo que
confiase, que el híkuri estaba conmigo. Todavía no me lo explico, pero
un par de kilómetros más tarde, encontré un sendero estrecho, en
perfecta línea recta. Y supe con toda seguridad que era el correcto. Había ido a buscar a Mexico la experiencia mística, la puerta
hacia el otro lado de la realidad ordinaria. Y ahí estaban escritas,
brillantes como las estrellas de esa madrugada, todas las respuestas,
incluso, a preguntas que nunca me había hecho. - Sabía que estabas volviendo -me dijo cuando abrí la puerta- Me lo avisaron los pájaros. Publicado por Carolina Reymúndez | 15 de Julio de 200http://www.viajeslibres.com/la-ruta-del-hikuri-en-el-desierto-potosino/ |
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