Y con esta pregunta me refiero a todos tus miedos, tus fracasos, tus debilidades, tus vicios, tus enfermedades, tus pecados…y a quien piensas tú que es el culpable de todo esto: tu ego.

Esto es igualmente válido si piensas que el responsable del sufrimiento eres tú o es el diablo. No tiene importancia. Lo verdaderamente importante es acceder a la luz, a la verdad.

Demasiado tiempo y energías hemos desperdiciado luchando contra lo que no entendemos. Luchamos contra una enfermedad y destruimos el cuerpo. Luchamos contra la oposición política, sólo para darnos cuenta (a menudo después de la destrucción) que querían exactamente lo mismo que nosotros, pero que cometieron el error atroz de llamarlo por otro nombre. Luchamos contra los enemigos de la patria. Tenemos miedo de que otros nos dejen sin los recursos y la libertad necesarios para vivir, y en el proceso de la lucha destruimos los recursos que son necesarios para ambos.

Hemos pasado la vida atacando sombras que se desvanecen. Sudamos, nos agotamos, nos desgatamos, y a menudo, sufrimos tratando de asestar golpes a lo que no está ahí. …y hemos hecho lo mismo en nuestro camino espiritual con aquello a lo que llamamos “ego”. Porque no lo entendemos. O al menos, yo no lo entiendo. Por supuesto, hemos aprendido un montón de definiciones acerca de lo que es o no es el ego. Acerca de lo que hace o no hace. Acerca de lo que dice o no dice. Y en el proceso de nuestro excesivo pensar nos enredamos con la ilusión de entender qué es lo que nos está pasando cuando sufrimos en la vida.

A menudo cuando abrazamos el camino espiritual nos ponemos más trabas en la vida…y les ponemos más trabas también a los demás. Ahora tenemos más cosas por destruir, más cosas por desintegrar, más enemigos qué atacar. Y todo esto que percibimos en el interior es a menudo proyectado al exterior. Entonces elegimos ver en los demás la maldad que no hemos aprendido a ver en nuestro interior. Y no es la noble intención de la espiritualidad lo que se debe abandonar. Lo que se debe abandonar es el proceder torpe que termina intensificando el dolor y el daño que la espiritualidad debería destruir.

El Buda dijo alguna vez que odiar a alguien es como sostener un carbón encendido en la mano deseando que la otra persona se queme. Permíteme utilizar el mismo símil, pero imaginando que el carbón encendido es nuestro ego: es decir, el creador de nuestra desdicha, y la causa de que nos dañemos a nosotros mismos, y dañemos a los demás. Si sostenemos un carbón encendido en nuestra mano nos quemará. No importa lo mucho que neguemos que nos duele. No importa que repitamos afirmaciones tratando de cambiar nuestra percepción. No importa que ampliemos nuestro umbral del dolor: seguirá doliendo.

Nuestra única oportunidad de dejar de sufrir consiste en soltar ése carbón. A menudo nos entusiasmamos ante la idea de transformar nuestra vida y aprendemos numerosas técnicas que nos ayudan a vivirla de un modo mucho más agradable. Pero sabemos que en algunas circunstancias todos esos sistemas se vienen abajo. De pronto, estamos atrapados en una preocupación o una ira tremendas, y no importa cuántas veces le apliquemos nuestras técnicas a esas emociones, sabemos que no las cambiaremos en lo más mínimo, no las alteraremos en su sustancia; porque están hechas así, no tienen existencia real. Y seguiremos sufriendo. ¿Porqué? Porque no soltamos el carbón. No importa cómo pienses de la quemadura, ni cuando tengas planeado deshacerte de lo que te daña. Mientras sigas sosteniendo lo que te quema, el dolor seguirá existiendo. De modo que, nuestra única esperanza para dejar de sufrir consiste en soltar lo que nos hace sufrir. No importa el lado, la proximidad o la lejanía, la suavidad o la fuerza, la forma sutil o burda, la inteligencia o la torpeza, con la que toquemos las brasas ardientes: si las tocamos, nos quemarán. Suéltalo. Sólo renuncia a él. No lo arregles. No lo cambies. No lo niegues. No enmiendes sus entuertos.

No le asignes nuevas interpretaciones. No te fortalezcas contra él. No le pongas nuevas etiquetas. No te vuelvas un experto. Sólo suéltalo. Acepta un nuevo concepto para el hombre o la mujer inteligente: aquél o aquélla que no sufren. Aquél o aquélla que no se dañan. Aquél o aquélla que no lastiman a otros, porque se ven en los demás. Ahora lo difícil: nuestros enemigos no existen. Nuestros problemas económicos tampoco. No existen las cosas que nos causan sufrimiento. Un poco más allá: propiamente dicho, nuestros pecados, nuestra ignorancia y nuestro dolor no existen tampoco. Salvo que nos mantengamos en un estado de oscuridad, alejados de la luz, lanzando golpes al vacío. Una vez más: Abraza al Espíritu. Y si quieres dejar de lado el sufrimiento ¿porqué insistes en volverte a mirarlo con el pretexto de golpearlo y terminar con él? Déjalo atrás.

Vete. Sé libre. Vive. Y recibe un abrazo fraternal.

Atte. El Loco

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