Y Verdadera y Falsa Rebeldía

La Virtud que desarrolla la vida interna de la persona y le produce resultados positivos en vida es auténtica.

La virtud que impide el desarrollo de la persona y la convierte en un sepulcro blanqueado es sólo moralismo.

La Rebeldía Verdadera nos libera de la ignorancia y sus malos resultados.

La falsa rebeldía es únicamente reaccionaria, y esclaviza más.

Vivir de forma virtuosa es sencillamente vivir de una forma que nos permita sacar el mejor provecho de la vida sin hacer daño a los demás, así como desarrollar plenamente nuestras capacidades como seres humanos a fin de manifestar con más exactitud la Virtud Suprema, de la que somos Hijos. Doy por sentado que somos Hijos de la Virtud Suprema porque su vida y sus leyes están tan presentes en nuestra carne y nuestra sangre (no solamente en nuestro corazón) que actuar de forma virtuosa nos trae felicidad y actuar viciosamente nos trae dolor. También pienso que lo que es verdaderamente virtuoso debe traer bienestar al individuo y que debe observarse ése buen resultado para saber si el acto fue verdaderamente virtuoso y no sólo una deformación de la virtud.

Como no siempre desarrollamos hábitos que nos sean verdaderamente favorables y es difícil obtener un buen ejemplo para desarrollarlos, se hace necesario muchas veces en nuestra vida aprender a hacer un alto, reflexionar y cambiar la dirección en la que andamos para alinearnos con un sendero verdaderamente deseable para llegar a donde deseamos llegar. La rebeldía no se rata de desobedecer (por lo menos, no únicamente de desobedecer) sino de elegir nuestro destino y tener la fuerza de orientar nuestra nave a puerto deseado. La rebeldía que no libera no es rebeldía, sino únicamente capricho. La Esencia de la Rebeldía es ése acto de detenerse, reflexionar, cambiar y liberarnos de lo indeseable o llegar a buen destino.

Es verdadero todo lo que mantiene la pureza de su esencia y apoya el propósito de su existencia. Es falso todo lo que mancha su esencia y perjudica o aleja el propósito que pretende servir.

Un pastor que mate a sus animalitos no puede considerarse un buen pastor. Un agricultor que, con intención de de producir una mejor cosecha, utilice un producto que la destruya, ha elegido un mal medio para su fin. Así, si nuestra virtud trae tristeza a nuestras vidas “Y” a la vida de nuestros semejantes, no es virtud. Y si nuestra rebeldía sólo se ocupa de desobedecer a los demás, pero nos esclaviza a las circunstancias, las dificultades y los caprichos, hemos equivocado el medio de usar la rebeldía.

Vivimos en un mundo de ilusión. Es un mundo concreto en el que podemos golpearnos, equivocarnos y sufrir. Podemos enfermar y morir. Podemos producir resultados y es por ello que debemos cuidar nuestras acciones. Pero es ilusorio en comparación con la Realidad Eterna del Espíritu, del mundo divino.

A muchos nos han enseñado a cuidar de las apariencias. Nos dimos cuenta de que una virtud interna tiene una forma de manifestación externa, y empezamos a mostrar solamente la apariencia externa de las cosas. Con el tiempo, esto puede convertirse en un culto a las apariencias o incluso degenerar hasta el grado en el que solamente nos importa la forma en la que somos percibidos por los demás: nuestra reputación. A ésta degradación de la virtud es a la que me refiero hoy con el nombre de “moralismo”.

Así que debemos comprender que la reputación puede ser el respeto que se da como resultado de las acciones rectas o simplemente la construcción bien cuidada de una imagen que oculta los fallos de nuestro interior. Y que así como es posible una buena reputación sin rectitud, es también posible una rectitud que no sea apreciada por los demás. Es por esto que cuidar excesivamente de nuestra reputación nos coloca en la posición de esclavos con respecto a la opinión de los demás, que podrán controlar lo que hacemos a través de premiar con su elogio, o castigar con su censura, nuestras acciones.

Sería importante poder centrarnos en el desarrollo de las virtudes internas, que podrán estar presentes independientemente de la apreciación o calificación de los demás. Los buenos granos darán buenos frutos, sin que importe sobre qué conversen los curiosos alrededor del sembradío. Y será permanente la paz de espíritu y la felicidad que descenderá sobre nosotros y que podremos compartir con nuestros seres queridos. Mucho más permanente que la buena opinión de las personas que alaban algo cuando les resulta placentero y lo critican duramente cuando les parece desagradable. Será la estabilidad de esa virtud interna, y no la fugaz figura de una reputación temerosa, lo que se convertirá en un faro para quienes quieran observar y tener el ejemplo de qué es y cómo actúa una virtud efectiva. De lo que trae buenos resultados a la vida de las personas. Y eso, los resultados, es lo que debemos buscar nosotros cuando queremos elegir cuál ejemplo hemos de seguir y cómo hemos de cultivarlo.

Cuando vayamos en dirección deseada, sigamos y disfrutemos. Y cuando encontremos que nos dirigimos a un lugar no deseado, detengámonos y rebelémonos. Es momento de cambiar. Y cuando queremos cambiar la rebeldía será nuestra amiga.

La rebeldía es el acto de reclamar la libertad que nos pertenece. La libertad es no ser esclavo de las personas o las cosas. Tener libertad de elección, pero también que ésas elecciones no nos coloquen en la posición de esclavos de los malos resultados de nuestra ignorancia. Así que la verdadera rebeldía tiene a la virtud como su propósito, y también como su condición. La rebeldía nos libera y nos pone en la dirección deseada.

Si ejercemos nuestro derecho a desobedecer a nuestros padres, o a desear cambiar nuestras circunstancias de vida tan difíciles, o a trascender nuestro malos hábitos (que son malos solamente por razón de que nos traen malos resultados) y lo cambiamos por algo positivo, entonces estaremos siendo rebeldes auténticos.

Pero si solamente desobedecemos, injuriamos, nos quejamos, y holgazaneamos, mofándonos del consejo de quienes nos aman, pero escogemos un camino que nos pone en más grandes dificultades, en sufrimientos mayores, y en situación de deuda, falta de tiempo y pérdida de la salud, entonces no somos rebeldes. Sólo somos indisciplinados y elusivos.

La verdad es que la libertad únicamente es posible cuando somos dueños de nosotros mismos. Y esto requiere disciplina. Esfuerzo. Pero tiene la formidable recompensa de hacernos gozar de la libertad del Espíritu, que es feliz y que produce circunstancias felices al sembrar buenas semillas en la vida.

Si no queremos hacer el esfuerzo de ser nuestros dueños nos volveremos débiles. Y los demás se convertirán en nuestros dueños. La disciplina que no viene de adentro vendrá de afuera. Y las personas sin respeto y sin disciplina viven esclavos de sus miedos o están en la cárcel.

¡Que la Sabiduría acompañe a tu Virtud y a tu Rebeldía!

¡Que éstas cosas te hagan feliz, pues es lo que verdaderamente queremos!

¡Que tu luz ilumine al mundo!

El Loco.

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