Jack Kornifield es un estadounidense que ha dedicado su vida a la enseñanza de la meditación. En un libro llamado “La Meditación Vipassana” del que es coautor (junto con Joseph Goldstein) escribe que hay dos grandes fuerzas en el mundo: la de aquellos que no tienen miedo de matar y la de aquellos que no tienen miedo de morir.

Esta idea me afectó profundamente. Y me invitó a reflexionar con un sentimiento particular de paz y de verdad. La idea caló con fuerza en mi mente y me hace pensar en que al mismo tiempo que una idea hermosa y una verdad contundente, es también un desafío práctico y una forma clara de pensar en la fuerza de nuestra práctica espiritual y en lo que significa, y significará, nuestra vida para este planeta en el que vivimos y los hermanos con los que compartimos este tiempo.

Algo en lo que podemos reflexionar con esta idea es el estado de las cosas actualmente. La gente no tiene miedo de matar. Entiéndase no solamente que prefieren ir a la guerra y culpar a otro país de su lamentable situación antes que asumir la responsabilidad de sus actos. O que los gobernantes estén dispuestos a enriquecerse explotando a los ciudadanos que debían proteger; muchos ciudadanos honestos me han dicho que ellos harían lo mismo si estuvieran en su lugar. El problema es la explotación y la crueldad mismas, pero nosotros somos tan cortos de miras que lo único que nos desagrada en la situación es estar del lado de las víctimas. Numerosos médicos en las residencias sufren y se quejan del sistema que viven dentro de los hospitales…aproximadamente seis meses o un año porque, entonces suben en la jerarquía interna y ahora tienen derecho a explotar y humillar a otro, así que olvidan la injusticia de esas acciones (o las recuerdan pero ya no la sufren).

Estar del lado de los que no tienen miedo de matar no significa solamente que dispararemos una ametralladora contra un niño inocente o lanzaremos una bomba atómica contra una ciudad llena de civiles. Significa simple y llanamente que queremos estar del lado de los que sacan provecho del sufrimiento de otros. Si estamos dispuestos a mentir para que castiguen a otro por lo que hicimos nosotros. Si no decimos nada cuando nos dan un precio inferior por un producto de cuyo precio sabemos que es superior. Si no me importa que a mi vecino le falten piezas de pan siempre que yo tenga el doble de lo que necesito. Si, en suma, no me importa envilecerme con pensamientos, palabras y acciones que, además, causan daño a otros, estoy del lado de la fuerza de la humanidad que no tiene miedo de matar. O si te parece muy drástico esto, podemos decir por lo menos que, actuando así, somos personas que no tienen miedo de dañar por beneficio propio.

Un buen ejemplo del punto contrario lo ejemplifica Mohandas Gandhi. Este hombre se dedicó a algunas cosas: en primer lugar, al perfeccionamiento de su alma y la práctica de su religión, utilizando para ello toda su capacidad; en segundo lugar al servicio de sus semejantes, teniendo un especial gusto por proteger a los débiles o ignorantes; en tercer lugar y como resultado de los dos anteriores, trabajó durante muchos años para lograr la independencia de la India. ¡Menuda tarea! Y cuando algunos de sus compatriotas, fuertes e inteligentes, expresaban su opinión de que la tarea era tan importante que ellos estarían dispuestos “a morir y a matar” por ella, el Mahatma replicaba “estoy dispuesto a morir, pero no hay nada por lo que esté dispuesto a matar”.

Y además nos legó algunos paradigmas que contrastan claramente con otros que sostienen la sociedad moderna y que terminarán destruyéndola, tales como “el fin justifica los medios”. Él, en cambio, solía decir que los medios “son” el fin, y que toda empresa noble debería ser realizada con medios loables. También dejaba los frutos de sus acciones en manos de Dios y se contentaba con decir “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado…un esfuerzo total es una victoria completa.”

¿Somos capaces de estar del lado de la fuerza en la que no se tiene miedo de morir? En última instancia, esto sólo podremos responderlo con nuestras acciones de instante en instante. Será necesario para ello el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, ya que cuando nos identificamos de forma errada con nuestro cuerpo podemos llegar a pensar que vale la pena hacer todo para darle gusto y que los demás son meras herramientas para satisfacerlo. En cambio, la persona que ha experimentado la realidad detrás de este desfile de sombras, que ha trascendido la ilusión de la identidad confinada al cuerpo material y ha podido experimentarse como presente en todo y en todos, podrá estar más que dispuesta a limpiar su mente del miedo y a saber que lo que hace por otros lo hace por ella misma. Se esforzará porque su mente quede limpia de la ignorancia y del miedo, y sus acciones se verán libres de la intención de dañar a los demás.

Así que, ¿eres capaz de renunciar a tener la última palabra en una discusión, sin necesidad de “destrozar” o “anular” los argumentos del adversario? ¿Puedes donar regularmente un porcentaje de tus ingresos para obras al servicio de otros? ¿Puedes evitar un pequeño hábito placentero que resulte perjudicial para tu cuerpo o la dignidad de otra persona? ¿Cuál es la prioridad de tu vida? ¿Esa prioridad se ve respaldada por tus acciones? ¿Cedes el paso al peatón? ¿Escuchas con atención a quien te habla? ¿Respetas a la mujer, o al hombre, ajeno? ¿Dices la verdad aunque resulte difícil? ¿Preguntas y ayudas antes de criticar? ¿Pagas a quien hizo su trabajo? ¿Estás actuando para cumplir con el servicio que te corresponde dar en este planeta?

En definitiva, estar del lado de los que no tienen miedo de matar o del lado de los que no tienen miedo de morir, no se descubrirá sólo hasta el momento en que nuestro cuerpo expire su último aliento. Se descubrirá mucho antes. En realidad, es más exacto decir que se revelará por momentos, y que llevará tiempo que podamos purificar lo suficiente nuestra alma para no tener miedo a morir. Se notará en cosas pequeñas, ya que en acciones pequeñas empezamos a determinar la dirección en la que vamos: si matamos por nuestro ego (si mentimos, abusamos, robamos, o perjudicamos un poco) o si morimos a nuestro ego (si donamos, sanamos, servimos y amamos un poco). Los resultados llegarán, recuerda que nuestra recompensa está en el esfuerzo total y sincero. No sabemos lo que podemos hasta que lo hacemos. Y no lo hacemos hasta que nos comprometemos completamente con el cambio.

Me despido deseándote lo mejor, con unas palabras de Santideva:

“Toda la dicha que hay en el mundo, proviene de desear felicidad para los demás. Toda la miseria que hay en el mundo, proviene de desear placer para uno mismo.”

El Loco

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