Dios habita en el fondo de nuestro corazón, de nuestra mente y nuestro cuerpo. No necesitamos pensar para conocernos ni para estar en paz. Lo único que necesitamos es recogernos dentro de nosotros y prestar más atención al silencio que al ruido.

De la misma manera, no necesitamos pensamientos interpretativos para conocer el mundo; desde este punto de vista, se conoce más directa y perfectamente con el silencio mental. Una explicación mental que se sitúa entre el objeto que percibes y tu mente, se convierte en un ruido que, sin importar qué tan útil te parezca, en realidad no te deja escuchar con precisión la sinfonía de la vida.

¿Has notado que cuanto más piensas tanto más confundida se siente tu mente, tanto más sombrío tu corazón y tanto más cansado tu cuerpo? Esto se debe a que pensar gasta gran parte de nuestra energía personal y, aunque es muy útil hasta cierto punto, más allá de ese punto se convierte en un vicio que no sólo nos desgasta sino que también causa más perjuicios que beneficios. La mayoría de las personas que conozco, incluyéndome, piensan más de lo que deberían. No quiero decir con esto que seas irresponsable, o precipitado. No estamos hablando de actuar con torpeza, o de tener pensamientos desordenados camuflados de espontaneidad. Estamos hablando de reconocer que lo que es, es; que lo que sabemos, lo sabemos; lo que somos, somos; y lo que tenga que ser, será. Que la vida transcurre deliciosa y que nosotros tenemos que dar lo mejor de nosotros y que, sin embargo, no necesitamos pensar tanto porque ya sabemos lo que es mejor para nosotros y lo reconoceremos tan pronto calmemos nuestra mente y las aguas turbulentas se aplaquen dejándonos ver el agua cristalina más allá del fango que la enturbiaba. Que el aprendizaje es importante pero que, no obstante, no necesitamos repetirlo incesantemente calmando nuestra mente, sino que acudirá a nosotros de forma natural a la orden de la vida, la intención y la voluntad.

Numerosas enseñanzas espirituales nos hablan de la importancia del silencio interior. Nos dicen que con él conoceremos a Dios y alcanzaremos la Paz. Que trascenderemos las ilusiones y descubriremos la verdad. Nos dan recetas de cómo lograrlo y nos alientan a intentarlo. Es, sin duda, un tema de vital importancia. Tanta, que han sido numerosos los hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, se han esforzado por llegar tan lejos como pudieron en esta cuestión y por enseñar a otros los deleites de este acto (si se le puede llamar así). Santa Teresa de Jesús nos habla en sus poesías del gozo extático que experimenta en los silencios del alma, cuando el amante parece fundirse con el amado. No es cosa baladí. Nuestras mejores mentes (Da Vinci, Pitágoras, Blaise Pascal, por ejemplo) y nuestros mejores corazones (Gandhi, Madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King, etc.) se han beneficiado de ello. ¿Y por qué? Porque más allá de las voces que nuestra mente alberga sin orden ni concierto, habita el Gran Espíritu y con Él/Ella toda la Paz, el Poder y la Sabiduría que podemos llegar a necesitar. Es el Shambala de nuestra alma y el camino que nos lleva a él pasa por el silencio interior. El silencio interior nos da la facultad de escuchar la Voz del Bendito.

La Voz del Creador es silenciosa y en ese silencio está contenida toda la sabiduría. ¿Te parece paradójico? No lo es tanto. Piensa una vez más en tu mente cuando está alterada: un montón de cháchara desordenada que ocupa toda tu pantalla mental pero que en realidad es inasible e insustancial. Cuando tus pensamientos tienen un poco más de claridad también son más tranquilos, más reposados y duraderos. Pasemos al siguiente nivel, aunque por ahora sólo podamos imaginarlo: un estado en el que la cháchara se fue y el silencio y la paz aumentaron seguramente nos hace acceder a un espacio que contiene toda la sabiduría, aunque no la grita. Cuanta más tranquilidad, serenidad y silencio hay en nuestra mente, tanto más accedemos a esa paz que, silenciosa, contiene todo el conocimiento sin que las voces aúllen lo que saben.

El silencio interior ayuda a nuestro cuerpo, a nuestra mente y a nuestro corazón. Tú ya lo sabes. ¿A qué vamos de vacaciones si no es a despejar nuestras mentes? ¿Por qué nos gusta el arte, la belleza y el descanso? ¿Por qué buscamos el silencio cuando, más allá de “distraernos”, queremos sentirnos bien? Nuestro cuerpo tendrá más energía porque no la estará gastando en pensar 100 posibilidades para actuar, sino que elegirá la mejor forma de actuar y contará con la mayor parte de su energía. Nuestra mente estará afilada y recargada porque no se habrá vuelto hosca con el incesante parloteo sin sentido; estará lista para ver y estará lista para crear. Nuestro corazón se sentirá feliz pues, ¿ qué mayor felicidad que saberse unido al creador y ser capaz de sentir esa unidad en todo lo que percibe? Y estas tres partes de ti sintiéndose bien crearán una sinergia que harán de tu vida una obra más bella.

¿Cómo podemos cultivar el silencio interior? Hay muchas maneras y tú puedes crear algunas nuevas, pero aquí te compartimos una pequeña selección:

* Meditar y rezar son las dos técnicas básicas usadas durante siglos para lograr el silencio interior y vislumbrar (y después ver) a lo eterno. Hay algunas diferencias básicas en el abordaje de estas tecnologías de lo sagrado, que algunos han resumido en frases como “cuando rezo hablo a Dios y cuando medito Lo escucho”, en realidad, con la suficiente profundidad ambas terminan confluyendo en lo mismo: una comunión profunda en la que el silencio se ha establecido, el hablar y escuchar (por decirlo así) ocurren a la vez y la paz estable embelesa.

Estas prácticas pueden ser abordadas como prácticas, en el sentido de que es algo que debe cultivarse. Es verdad que con el suficiente entrenamiento se puede mantener el estado meditativo mientras se realizan otras actividades pero también es cierto que debemos empezar por cultivar la paz, por darle un espacio en nuestras vidas; ella se encargará de expandirse a otros momentos, sitios y labores. Dedicamos espacios de nuestro tiempo para lo que nos importa: comer, dormir, trabajar. ¿Por qué no dárselo a nuestra paz interior? Lo necesitamos. Podemos hacerlo durante unos momentos en la mañana y unos momentos en la noche. Incluso el Buda siguió meditando después de alcanzar su Iluminación y Jesús oró hasta el último día de su vida.

* Actuar. Más actividad física y menos parloteo mental. Ya has experimentado lo maravilloso que puede resultar un paseo, un juego y una actividad física vigorosa para calmar tus pensamientos. La acción nos permite sumergirnos en la vida en lugar de fantasear sobre lo que creemos que es.

* Pensar y Actuar. Cuando tienes algo importante qué hacer y no sabes cuál es la mejor opción, piensa. Pero no lo hagas de forma indisciplinada, dejando que la charla mental te arrastre. Piensa en las posibilidades con claridad, enuméralas, analízalas y elige la mejor. Determina cuál es el plan a seguir y en seguida ¡actúa! No hay necesidad de pensar diez veces lo que estuvo bien pensado una vez. El no saber qué hacer viene por no analizar con claridad cuáles son las vías de acción que se presentan ante ti. Te aseguro que no son tantas como parece a primera instancia.

* Ten momentos de silencio verbal o, por lo menos, modera tus palabras. No decir todo lo que te viene a la mente ayudará a que la mente misma se calme. El silencio exterior contribuirá a fomentar poco a poco el silencio interior.

* Sé consciente de que la verborrea mental es un mal hábito. Nos anestesia. Siente tu cuerpo, escucha el ambiente, ve el paisaje, saborea la comida, huele el entorno. No te desconectes. Trata con amor a tu mente, pero date cuenta de que no es necesario repetir incansablemente lo que ya sabes. No te preocupes, no lo olvidarás; sólo aprenderás a escucharlo (y a expresarlo) cuando sea útil y bello.

Si quieres, puedes practicar para darle la bienvenida al silencio interior. El silencio interior te traerá paz, fluidez, bienestar y buenas ideas. Tu vida será mejor. Definitivamente. Porque le estarás haciendo lugar a Dios en tu vida.

El Loco

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