La mente no es el enemigo. Ni siquiera tenemos que callarla. La mente es un trabajador al que tenemos laborando 24/7. Y como todo trabajador con esa presión, se empieza a agotar, a poner de mal humor, a desquiciar y a comportar estúpidamente.

Hay que permitirle descansar, reposar. No callarla. Permitirle el silencio. Permitirle el descanso. Regalarle frescura. Es nuestra amiga. Está con nosotros. Trabaja con nosotros. Nos acompaña todo el tiempo…descansar la mente y escuchar al corazón, con atención.

Tratar a nuestra mente sabia y compasivamente.

A veces podemos llegar a percibir a la mente como un obstáculo en el camino espiritual. Yo pienso que también se parece a un amigo al que hemos maltratado y a quien de pronto le pedimos que nos haga un favor. O a un muchacho disoluto a quien queremos poner a trabajar: sencillamente no tendrán ganas de cooperar. No son sus cualidades intrínsecas lo que les impide convertirse en nuestros aliados: es el daño que les hemos infligido o los malos hábitos en los que les hemos permitido caer.

Podemos aprender a distinguir lo que la mente “es” de lo que “hacemos” con ella. Y reconocer siempre que podemos cambiar lo que hacemos con ella. Cuando cambiamos lo que hacemos, cambian también los resultados que obtenemos.

La mente que nos separa del Espíritu, nos separa porque está mal educada. La mente que no nos ayuda en el camino espiritual está exhausta, o confundida. La mente educada y purificada puede ayudarnos a reconocernos como parte del Espíritu, sin apenas un delgado telón que nos separe de Él. Completamente unidos.

Algunos nos dicen que si queremos cambiar al mundo cambiemos nosotros primero, y muchas personas prudentes aceptan esto como verdadero. Lo que sugiero es que hagamos lo mismo con nuestra mente: cambiemos la forma en la que la percibimos y tratamos, y podremos cambiar los efectos que observamos en nuestro estado interior y en nuestras manifestaciones exteriores.

¿Qué podemos hacer?

Podemos empezar por darle un descanso a ese trabajador del que hemos abusado. Esto no significa sentarse ante el televisor cuando estamos “estresados”; eso sería como darle frituras a quien ha gastado toda su energía. Lo mejor es ahorrarle los esfuerzos extras. Dejémosla reposar en el presente: ver, oír, oler, tocar y gustar lo que está en el presente. Incluso estar atareada en el presente. No la obliguemos a pensar en lo que ya pensó. No la forcemos a pensar en lo que pensará después. El presente ya se está desenvolviendo, así que no necesitaremos un esfuerzo extra para vivirlo. Sólo estar presentes y participar, jugar.

Nutramos a nuestra mente. Podemos alimentar a nuestra mente como alimentamos a nuestro cuerpo. Así como el cuerpo tiene antojos de bazofia cuando está hambriento, así también a la mente le apetecen las cosas de baja vibración cuando está desnutrida. Lo mejor en ambos casos es adoptar un régimen que satisfaga la deficiencia sin hacer daño. Que nos nutra y no nos intoxique. Puede ser el aprendizaje de un tema nuevo, de un instrumento musical o de un idioma. La lectura o las conversaciones edificantes. La cultura superior. La apreciación de la belleza…o su creación.

Podemos ponerla en contacto con la Fuente que la puede cargar de energía. La mente salió del Gran Espíritu, igual que todos nosotros. Y al igual que todos nosotros, se fortalece cuando se sumerge en Él/Ella. Hay dos formas básicas de hacerlo: podemos permitirle rezar para que hable con el Gran Espíritu y establezca la comunicación. Y podemos permitirle meditar para que escuche al Gran Espíritu y fortalezca el vínculo. Rezar y meditar. Hablar con y escuchar a lo más sagrado de nuestro interior. Ambas cosas llenan a la mente de energía y Presencia…y de gozo a nosotros.

En cuanto al uso que hacemos de la mente, o el trabajo que le pedimos hacer: pensemos para las cosas importantes. No pongamos a nuestra mente a pensar todo el día y en todos los asuntos. Si la dejamos agotarse en banalidades no tendrá energía para atender lo esencial. Y aún más, nosotros mismos no seremos capaces de reconocer qué es lo que verdaderamente nos importa y en lo cuál queremos enfocarnos.

Pensar es útil. Pensar todo el día es insensato. De la misma manera que comer o hacer ejercicio es bueno y no por eso comemos o corremos todo el día. Planificar es una parte muy importante de hacer las cosas, pero enseguida hay que hacerlas. En cuanto a la resolución de problemas: pensar debe preceder a la acción, no sustituirla. En cuanto a la creación del futuro: pensar debe dar un cauce a la energía que se empleará, no dar dos, o tres, o veinte cauces sin dirigir nada de energía. En cuanto a lo que valoramos como cierto o importante: pensar puede ayudarnos a digerir lo que escuchamos, pero no es útil tener un loro mental repitiendo todo lo que escuchamos o creemos.

Pensar es poderoso, sí. Por eso hay que hacerlo bien, y reservarlo a las cosas importantes. A las cosas que queremos bien hechas. Y a las cosas a las que queremos darles poder. Por lo demás, estaremos mejor contemplando, viviendo y sintiendo. Y nuestra mente también estará mejor. Y empezará a comportarse como una amiga. O se revelará como esa amiga que siempre fue y que sólo ahora empezamos a comprender.

Así que, hermano, hermana:

Nuestra mente puede ser un amigo. Nuestra mente puede ser una bendición. Si realizamos los actos adecuados obtendremos la mejor respuesta del mundo que tocamos y de la mente que nos acompaña…y podremos descubrir, disfrutar y compartir mejor el Espíritu que somos, y al cual nos dirigimos.
 
El Loco

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