Es posible ser dichoso con el placer como compañero. Y dichoso, con el dolor como compañero. Así, es también posible ser desdichado con el placer como acompañante. Y desdichado, con el dolor como acompañante.

Hola, recibe una bendición. Y un abrazo, de corazón a corazón.

El ser humano cuenta con un sistema interno de placer/dolor. Pero cuenta también con un sistema de dicha/desdicha. Tú ya sabes esto. Pero es un honor recordártelo.

Una gran parte de lo que sentimos está determinada por los pensamientos que albergamos, las palabras que pronunciamos y las acciones que ejecutamos. Por los resultados que nuestras acciones desencadenan, o cultivan.

Otra gran parte de nuestra experiencia vital es incomprensible, y sus causas parecen ajenas a nosotros cuando la mente se pregunta el porqué. Lo que sentimos y experimentamos algunas veces nos parece extraño, o indeseable.

El placer y el dolor son nuestra herencia material.

La dicha y la desdicha son nuestra herencia espiritual.

Tú puedes ser dichoso independientemente de las circunstancias que estés experimentando en vida. Algunos retos son más difíciles que otros, lo reconozco. Hay cosas que por amor o compasión no se le desean a nadie, porque no las deseamos para nosotros mismos. Es verdad.

También es verdad que existen muchas cosas que nos gustaría que no existieran y que seres queridos y no queridos experimentan aunque no nos guste su existencia. Aceptemos que existen y que algo podemos hacer al respecto. Elegir nuestra postura ante las mismas, por lo menos.

Todos nosotros anhelamos la felicidad. Un estado de completa paz, satisfacción y amor. Buscamos la felicidad que es infinita.

Lamentablemente, la buscamos en el placer que es finito, y no la encontramos.

Confundiendo la felicidad con el placer, temblamos ante la sola idea del dolor, y creamos más dolor en nuestra vida al huir de él. La felicidad nos elude cuando actuamos de esta manera.

Pasamos la vida desdichados, porque buscamos la dicha en un lugar en el que nunca ha estado.

La buscamos en el placer y el dolor, y no la encontramos. El placer no es felicidad, ni el dolor, desdicha.

La desdicha es sólo el resultado de querer obtener nuestra felicidad del sistema de placer/dolor. Perseguimos el placer y nos damos cuenta de que tiene un límite que no podemos burlar. Huimos del dolor y nos damos cuenta de que tiene un lugar en la vida, sin importar cuanto le temamos.

La desdicha es producto de la ignorancia. La ignorancia del hecho de que el placer es sólo placer, y el dolor sólo dolor. La felicidad es otra cosa.

La felicidad ES, no nos acontece. Es permanente, no mutable. Es infinita porque está presente aunque los fenómenos sean cambiantes. Nos esforzamos por controlar todo y a todos, cuando confundiendo la felicidad con el placer, nos empeñamos en que este último no cambie, aún cuando sabemos que pasará.

Si nos instalamos en nuestro Ser, si nos instalamos en nuestra felicidad, podremos observar el desfile transitorio de placer/dolor del que consta la experiencia humana sin perder nuestra felicidad. La felicidad se experimenta, pues, gracias a la capacidad del ser humano de permanecer en su centro, en lo que el verdaderamente ES, sin identificarse con lo que le acontece; sin identificarse con el desfile de formas, nombres, olores, sabores, sonidos y sensaciones que desfilan ante él.

De ahí el valor del desapego.

El desapego no es negligencia, ni descuido. El desapego es la aceptación de que cambiará todo lo que tenga que cambiar, y que todo lo que cambia es porque tenía que cambiar. O podía hacerlo, por lo menos. El desapego es vivir en el centro, en lo que se Es, mientras se experimenta todo lo demás.

En suma:

No busques el Sol en la Tierra.

El Sol está en el Cielo.

La Tierra tiene cosas hermosas. Placer y dolor. Cosas grandes y pequeñas. Cosas que llegan y pasan. Y son hermosas. Se pueden ver mientras esté presente el Sol, y el Sol sigue existiendo mientras las observamos. Pero no son el Sol.

Busquemos el Sol en el Cielo y lo encontraremos.

Busquemos la felicidad en el Espíritu y la encontraremos. Cuando experimentemos placer. Y cuando experimentemos dolor. En realidad, hemos tenido momentos de felicidad tan totales, que hacen irrelevantes nuestra experiencia del placer y del dolor.

Podremos también influir en nuestra vida de forma que creemos más placer y menos dolor. Es verdadero que existe esta posibilidad,  y es lícito hacer este esfuerzo.

Pero seamos sabios. Sepamos que la felicidad se encuentra más allá. En otro ámbito. En otro lugar. Sagrado. Divino. Inalterable. Allá en donde el placer, el dolor y los efectos de ambos no llegarán jamás. Allá, en el centro de lo que somos.

En el corazón. Si lo entiendes así.

Que seamos hijos de la Sabiduría y el Amor.

Que ya lo somos.

Que lo recordemos.

Que lo manifestemos.

 

Atte. El Loco

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