Dos actos para traer la magia a tu vida. Dos poderes de las profundidades de tu corazón. Dos regalos divinos para crear tu persona y tu existencia. Dos bendiciones para tus hermanos y el mundo.

Son también la expresión de las virtudes que nos permiten deshacer todo lo malo y multiplicar todo lo bueno. O, si lo prefieres, quitarle el poder a lo que nos daña y multiplicar el poder de lo que nos beneficia. Nos permiten hacer las paces con nuestro pasado: aprender de él y trascenderlo. Nos permiten vivir alegres el presente y sembrar las semillas de un futuro más luminoso.

Son para ti, y son para todos.

El Perdón es el que borra los dolores de nuestro corazón. Apaga las brasas ardientes. Quita las nubes negras que oscurecen los recuerdos de nuestro pasado. Vacía las cargas que nuestro corazón lleva. Nos libera de la posición de víctima junto con todas sus consecuencias esclavizantes, restrictivas y corruptoras. Nos quita el peso de llevar a cabo una venganza y, por lo tanto, también nos libera de las consecuencias kármicas indeseables que hubieran ocurrido si hubiéramos cometido un acto malo.

El perdón también nos permite ser quien verdaderamente queremos ser. Y evita que nos convirtamos en quien odiamos. Me explico: cuando alguien no perdona quiere desquitarse. Buscará desquitarse con la persona que lo dañó, si puede, o buscará desquitarse con otra persona más débil, lo que lo convertirá en un perpetrador; en cualquiera de los dos casos, la persona termina convirtiéndose en algo que odió cuando recibió el daño y termina expresando las cualidades que le parecen repulsivas en otros.

El perdón nos permite la libertad de expresar amor. Y es una manifestación de la fortaleza del Espíritu, que quiere mantener la salud más fuerte que cualquier daño.

El perdón es solamente renunciar al resentimiento y a interpretar negativamente la experiencia. Significa borrar las manchas de nuestro corazón y quitar las etiquetas de “malvado” a aquellas personas que nos dañaron (o que pensamos que nos dañaron). Por ejemplo, si alguien te pide dinero prestado y no te paga, perdonarlo significa solamente que no perderás tu tiempo ni ensuciarás tu energía odiándolo, golpeándolo o hablando mal de él; que aprenderás la lección y, si no quieres, no le prestarás más dinero. Perdonar no significa en este caso que le seguirás prestando dinero mientras sabes que no te pagará y que además estás contribuyendo a que se siga degenerando moralmente.

En otro ejemplo similar, a veces las mujeres aman mucho a un hombre promiscuo y alcohólico que les miente una y otra vez y, tras la ruptura, se preguntan si deben perdonarlo y volver con él. Bueno, en mi opinión lo más sano es perdonarlo pero no volver con él. Es decir, busca tu bienestar interno y externo. No te contamines con el rencor pero tampoco te coloques en una posición vital en la que sales perdiendo. Esto por supuesto, pensando en que la persona que ofendió no ha cambiado. Si ya cambió, talvez quieras considerar eso en tu evaluación de lo que quieres para tu realidad externa. Pero internamente, perdona siempre. Límpiate siempre. Sánate siempre.

La Gratitud multiplica el gozo que sentimos por las bendiciones internas y externas que hay en nuestra vida, y también multiplica las cosas buenas que recibimos de las personas, de los eventos, del mundo y de Dios. Es verdad. Tú sabes que te gusta mucho dar cosas a las personas que disfrutan tus regalos. Bueno, los demás son así también. Dios y la Vida son así también. Así que agradece. Agradece siempre. Siente tu corazón henchido de gratitud. Porque la Gratitud hace las dos cosas: te permite disfrutar lo que hay, y también provoca que haya más cosas buenas por las cuales estar agradecido.

La gratitud es un reconocimiento de que la vida es buena. De que estamos contentos de estar vivos y de que aceptamos los regalos que esta vida buena tiene para nosotros. Significa también que vivimos en abundancia y compartimos con nuestros hermanos las bendiciones que hay en nuestra vida, porque comprendemos la bienaventuranza de poder compartir y de saber que Dios seguirá dándonos regalos. Yo pienso que cuando nosotros disfrutamos lo que tenemos y también lo compartimos, Dios piensa algo así “Bien, este ya entendió para qué es lo que le doy, ahora le puedo confiar un poco más.” La gratitud es subirse al tren adecuado. Es ponerse del lado del jardín en el que el césped crece más verde y los árboles regalan más frutos y cubren con sombra más espesa. La gratitud es recompensar con una sonrisa a quien te ha regalado comida en lugar de escupir sobre el plato o su rostro. Disfruta mucho tu vida, compártela, hazla florecer. Con gratitud.

Esto no significa que finjas estar contento con lo que no te gusta. Cuando algo no te gusta lo que necesitas es perdonarlo en tu corazón, deshacerte de lo que tienes en contra del evento que se desenvuelve. Y en seguida puedes aprender algo de ese evento y agradecer haberlo aprendido; y aprovecharlo y crear circunstancias más felices para disfrutar y repartir. Complacernos en que esta alquimia sea posible.

Muchas veces hemos querido una varita mágica que borre la oscuridad de nuestras vidas y multiplique sus colores rosados. Que quite el dolor del pasado y garantice el gozo en el futuro. Que haga resplandecer con dorados brillos al presente. Que nos haga dar lo mejor y asegure que recibiremos lo deseable. Que nos mantenga permanentemente satisfechos y que dibuje sonrisas en nuestros seres queridos…

Toma ahora esta vara mágica. Contiene los encantamientos del perdón y de la gratitud. Con ellos puedes transformar tu mundo interior y tu mundo exterior cada vez que lo quieras. Actívala. Úsala. Puede actuar sin las limitaciones del tiempo lineal y más allá de las restricciones del espacio.

Sana tu corazón y el de tus hermanos.

Embellece tu vida y embellece tu mundo.

Perdona y agradece: a Dios, a la Vida, a tus padres, hermanos, hijos, abuelos, primos, sobrinos, esposos, amigos, compañeros, conocidos, amantes…perdónate y agradécete a ti mismo. Dios te bendice, por favor, hazlo tú también. Acepta que estás hecho de la manera que Él te creo: a su imagen y semejanza. A imagen y semejanza del Gran Espíritu, de la Vida en toda su Pureza. Él/Ella vive plenamente dichoso. Vive también plenamente dichoso. Y contribuye a que los demás sientan la dicha plena.